El uso de la inteligencia artificial se disparó en los últimos años, pero la simpatía del público no siguió el mismo camino. A medida que la tecnología se vuelve más difícil de evitar, distintas encuestas muestran que los consumidores estadounidenses desconfían más de ella, un fenómeno que obliga a Silicon Valley a reconocer que la adopción masiva no garantiza la aceptación.

La brecha es notable: las herramientas de IA se integraron en buscadores, teléfonos, oficinas y aulas, y aun así el estado de ánimo general es de recelo. Una encuesta de Economist/YouGov encontró que la mayoría de los estadounidenses cree que el desarrollo de la IA avanza demasiado rápido, y que hay el doble de pesimistas que de optimistas frente a la tecnología.

Los más jóvenes, los más desconfiados

El escepticismo no viene solo de quienes crecieron sin estas herramientas. Un estudio del Pew Research Center señala que los adultos jóvenes en Estados Unidos son cada vez más cautelosos con la IA, con una preocupación central: que termine reemplazando puestos de trabajo. Es un giro llamativo, porque suele darse por sentado que las generaciones más jóvenes adoptan la tecnología con menos reservas.

Ese temor laboral convive con episodios que erosionaron la confianza en el día a día. Los sistemas generativos quedaron asociados a estudiantes que los usan para hacer trampa en la escuela y en carreras universitarias en línea, a demandas por el uso de obras protegidas para entrenar generadores de imágenes y a los riesgos legales de los videos sintéticos. Cada polémica suma una capa de desconfianza que las campañas de marketing no logran despejar.

La industria reacciona ante el rechazo

Las grandes tecnológicas ya toman nota. Según reportó esta semana The Wall Street Journal, las compañías del sector corren para contener el creciente rechazo hacia la IA, con estrategias que van desde mensajes más prudentes hasta beneficios concretos para las comunidades que albergan su infraestructura. Un ejemplo citado son los bonos de 50.000 dólares para docentes vinculados a un enorme centro de datos de Meta, un intento de convertir la expansión física de la IA en un beneficio tangible y visible.

El malestar también se coló en la política. Un sondeo recogido por Axios detectó un sentimiento adverso extendido, mientras que otro reporte del mismo medio muestra que la construcción de centros de datos empieza a pesar en los cálculos electorales. La IA dejó de ser un tema exclusivo de foros técnicos para volverse un asunto de campaña, como analizamos en su irrupción en la contienda estadounidense.

Por qué usar no es lo mismo que aceptar

La paradoja de fondo es sencilla de enunciar y difícil de resolver. Millones de personas interactúan a diario con modelos de lenguaje y asistentes automáticos, muchas veces sin elegirlo, porque vienen incorporados en servicios que ya usaban. Esa presencia forzada no equivale a entusiasmo: convivir con una tecnología es distinto de confiar en ella.

Para el sector, el desafío deja de ser puramente técnico. La velocidad de mejora de los modelos importa menos que la percepción sobre el empleo, la privacidad, la propiedad intelectual y el impacto local de la infraestructura. Si esa desconfianza se consolida, el próximo obstáculo de la industria no estará en los laboratorios, sino en la sala de estar de sus propios usuarios.