Un ensayo de opinión publicado en la revista médica JAMA plantea una idea incómoda para la profesión: la inteligencia artificial autónoma pronto superará a cualquier equipo formado por un médico y una IA en tareas de razonamiento clínico, por lo que los reguladores no deberían obligar a que un humano tenga siempre la última palabra. La tesis choca de frente con el consenso actual, que ve al médico como supervisor indispensable de cualquier sistema automatizado.

Los autores sostienen que exigir por ley la figura del «humano en el circuito» (la práctica de que una persona valide o pueda revertir toda decisión de un algoritmo) podría cristalizarse en la normativa justo cuando la evidencia empieza a mostrar que esa supervisión no siempre mejora los resultados. Su argumento, expuesto en el texto publicado en JAMA, es que fijar una regla rígida hoy podría frenar el uso de sistemas que mañana sean demostrablemente mejores que la combinación de médico y máquina.

La gran advertencia: casi todo es simulación

El propio artículo reconoce el punto débil de su planteamiento. Prácticamente toda la evidencia que respalda la superioridad de la IA proviene de simulaciones y casos de estudio controlados, no de la atención real a pacientes. Es una distinción crucial: un modelo puede acertar diagnósticos sobre viñetas clínicas escritas y fallar frente a la ambigüedad, el ruido y las decisiones bajo incertidumbre de una consulta real.

Varios trabajos citados en el debate apuntan en esa dirección. Un estudio con casos de pacientes reales y un metaanálisis sobre desempeño diagnóstico han encontrado que, en ciertos escenarios, los modelos de lenguaje igualan o superan a los médicos, pero que sumar un humano al proceso no siempre aporta la mejora esperada. El matiz es delicado, porque de él depende buena parte de la política regulatoria que se está escribiendo ahora mismo.

Un choque con el consenso de la profesión

La postura del ensayo va a contracorriente de las principales organizaciones médicas. El Colegio Estadounidense de Médicos recomienda que la tecnología de IA aumente la decisión clínica del profesional, no que la reemplace. La Asociación Médica Estadounidense describe estas herramientas como un apoyo para acelerar el diagnóstico, con el médico al mando.

El desacuerdo no es solo técnico. Retirar al humano de la decisión abre preguntas que la medicina todavía no resuelve: quién responde legalmente ante un error de un sistema autónomo, cómo se obtiene el consentimiento informado del paciente y qué pasa con la confianza en la relación médico-paciente cuando la recomendación llega de un algoritmo sin supervisión.

Por qué importa ahora

El texto llega en un momento en que gobiernos y agencias sanitarias definen las reglas para el uso de IA en salud. Fijar hoy un requisito legal difícil de revertir tiene un costo si la evidencia futura lo desmiente; pero flexibilizar la supervisión humana antes de contar con datos de pacientes reales tiene un riesgo evidente para la seguridad. Ese es el nudo del debate.

Conviene leer el planteamiento con cautela. Los usos maduros de la IA en salud —desde el apoyo al análisis de imágenes hasta la priorización de casos— ya conviven con el criterio médico, como se detalla en esta revisión de aplicaciones reales en diagnóstico. El salto que propone el artículo de JAMA no es incremental, sino de fondo: pasar del acompañamiento a la delegación. Y esa frontera, por ahora, se sostiene más sobre pruebas de laboratorio que sobre pacientes de carne y hueso.