Meta está probando un prototipo de gafas inteligentes con una función bautizada como «Super Sensing» que, mediante una cámara y un micrófono, registra de forma continua lo que ocurre alrededor de quien las lleva puestas. La idea es que el dispositivo funcione siempre encendido para capturar el día completo del usuario y alimentar con esos datos a un asistente de inteligencia artificial.

El proyecto, según reportó Financial Times, apunta a un modelo de uso muy distinto al de las gafas que Meta ya comercializa junto a Ray-Ban, donde la grabación es puntual y el usuario decide cuándo activar la cámara. Aquí la captura sería permanente, de modo que el asistente pueda recordar por el usuario dónde dejó las llaves, qué le dijo una persona en una conversación o qué productos vio en una tienda.

Qué promete la función «Super Sensing»

La propuesta se apoya en un asistente capaz de procesar de manera continua las imágenes y el audio del entorno. En la práctica, funcionaría como una memoria auxiliar: el sistema analiza el flujo de datos en tiempo real y responde consultas sobre lo que la persona hizo o vio durante la jornada.

Ese planteamiento exige un procesamiento intensivo de datos personales y, sobre todo, de terceros que aparezcan frente a la cámara sin haber dado su consentimiento. Es justamente el punto que ha generado inquietud entre especialistas en privacidad desde que las gafas conectadas empezaron a llegar al mercado.

Un terreno sensible para la privacidad

Las gafas con cámara siempre han arrastrado un problema de fondo: quien está alrededor no siempre sabe que está siendo grabado. Con un dispositivo diseñado para registrar sin pausa, esa tensión se vuelve estructural y no una excepción. La discusión no es nueva —Google ya la enfrentó hace más de una década con Google Glass—, pero la capacidad actual de los modelos de IA para interpretar y almacenar lo capturado eleva las implicaciones.

Meta no ha detallado públicamente cómo gestionaría el almacenamiento de esas grabaciones, durante cuánto tiempo se conservarían ni qué controles tendrían las personas que aparezcan frente a las gafas sin quererlo. Tampoco hay confirmación de que el prototipo vaya a convertirse en un producto comercial ni en qué plazos.

La apuesta encaja con la estrategia que la compañía viene empujando desde hace tiempo: convertir las gafas en el dispositivo principal para acceder a la inteligencia artificial, desplazando al teléfono como intermediario. Su línea con Ray-Ban ha tenido buena acogida, y las versiones con pantalla integrada apuntan a ese mismo objetivo de tener un asistente disponible a la altura de los ojos.

Lo que está en juego

Un asistente que «lo ve todo» plantea un dilema conocido en la industria tecnológica: cuanto más contexto reciba el sistema, más útil resulta, pero también mayor es el volumen de datos íntimos que quedan bajo el control de una empresa. Para un producto de este tipo, la aceptación social dependerá tanto de sus capacidades como de las garantías que ofrezca a quienes ni siquiera eligieron usarlo.

Por ahora se trata de un experimento interno. El salto de un prototipo a un dispositivo que la gente lleve puesto todo el día implica resolver cuestiones técnicas de autonomía y almacenamiento, pero sobre todo un debate regulatorio que ya empieza a asomar en Europa y otros mercados.