OpenAI prepara un nuevo centro de datos en el estado de Georgia, en Estados Unidos, bautizado como Project Camellia, que se abastecerá con un contrato de suministro eléctrico de 3,2 gigavatios firmado con la compañía Georgia Power y vigente hasta 2032. La cifra da una idea del apetito energético que tiene la infraestructura detrás de la inteligencia artificial: 3,2 gigavatios equivalen aproximadamente al consumo de millones de hogares.

El proyecto se instalará en el condado de Effingham y llega acompañado de un paquete de compensaciones para la comunidad local. Según el anuncio oficial de OpenAI, la empresa comprometió 80 millones de dólares para la zona y otros 71 millones en créditos de Codex —su herramienta de programación asistida por IA— destinados a estudiantes de la región.

Una jugada para calmar la resistencia local

El gesto no es casual. En varios puntos de Estados Unidos ha crecido el rechazo vecinal a los centros de datos, percibidos por muchos residentes como instalaciones que consumen enormes cantidades de agua y electricidad sin generar, a cambio, la cantidad de empleos que prometen. Los grandes complejos de servidores requieren mucha energía para funcionar y para enfriarse, pero operan con relativamente poco personal una vez construidos.

Con esa tensión de fondo, los 151 millones de dólares en aportes directos y créditos educativos funcionan como una forma de ganar aceptación social antes de que arranquen las obras. La inversión en formación estudiantil, en particular, busca vincular el proyecto con beneficios visibles para la población más joven del condado.

El costo energético de escalar la IA

Project Camellia se suma a la carrera de OpenAI y sus competidores por asegurar capacidad de cómputo, un recurso que se ha vuelto tan estratégico como escaso. Entrenar y operar modelos de lenguaje de gran tamaño —los sistemas que sustentan productos como ChatGPT— exige centros de datos cada vez más grandes, y esos centros necesitan contratos de energía de largo plazo para ser viables.

El acuerdo con Georgia Power ilustra ese vínculo: reservar 3,2 gigavatios durante casi una década implica una planificación que involucra no solo a la empresa tecnológica, sino a las redes eléctricas regionales y a los reguladores estatales. La disponibilidad de electricidad estable se ha convertido en un factor decisivo a la hora de elegir dónde instalar este tipo de infraestructura.

La expansión también reabre el debate sobre el impacto ambiental de la IA. El aumento de la demanda energética presiona a las compañías eléctricas y plantea preguntas sobre las fuentes de generación que alimentarán estos complejos, un punto que suele estar en el centro de las quejas comunitarias.

Qué implica para el mapa de la IA

La construcción de centros de datos a esta escala confirma que la competencia entre las grandes empresas de IA se libra tanto en la calidad de los modelos como en el control de la infraestructura física. Quien asegure más cómputo y más energía tendrá margen para entrenar sistemas mayores y ofrecer servicios más rápidos.

Para entender por qué estas herramientas exigen tantos recursos, ayuda repasar cómo funciona ChatGPT por dentro. Mientras tanto, Georgia se perfila como una pieza más en el creciente mapa de infraestructura que sostiene la industria, con la incógnita de si los beneficios prometidos compensarán, a ojos de sus vecinos, el consumo que traerá aparejado.